¿Quiénes son los otros? ¿quiénes somos nosotros? Con estas preguntas debió iniciar el largo discurso de la alteridad desde el principio de los tiempos.
Luego de hacer lectura de la investigación “Diferentes pueblos, diferentes cuerpos: algunos ejemplos en la fuentes históricas”, del historiador César Sierra Martín, entendemos cómo griegos y romanos se percibían frente “al otro”.
Para comprender cómo estos antiguos imperios se relacionaban con el mundo, primero debemos examinar cómo se veían a sí mismos: tanto griegos como romanos tenían en muy alta estima su cultura, considerándose civilizaciones superiores con valores éticos y morales elevados, y con un fuerte sentido de identidad y orgullo cívico. Estas percepciones de sí mismos influyeron en gran medida en su visión del mundo y en sus interacciones con otros pueblos.
Para los griegos “lo heleno” estaba definido no solo por el lugar que habitaban, sino por sus costumbres, la sangre, la religión y la lengua. Y justo de la diferencia en la lengua (los griegos consideraban la suya como el lenguaje de la civilización) surge el término que servirá para definir “al otro”, al bárbaro.
El término "bárbaro" era común y se utilizaba para referirse a las personas que no hablaban griego o no formaban parte de su cultura. El lenguaje de los no-griegos les sonaba incomprensible. De ahí la utilización del término bárbaro para referirse a las personas cuya manera de comunicarse les resultaba poco clara o discordante.
De este modo, las civilizaciones grecorromanas usaron la alteridad para significarse en la diferencia, pero sobre todo para elevarse como superiores frente a otros pueblos.
Y por supuesto, esta idea de superioridad también debía manifestarse en un argumento visible y por tanto irrebatible, el cuerpo y el espacio.
Sierra Martín destaca en su artículo que los griegos usaron la “etnografía médica” para realizar una comparación física entre europeos y asiáticos desde el punto de vista científico percibiendo las diferencias físicas, la alimentación y el espacio geográfico que habitaban como un elemento definitorio de los pueblos.
Esta idea luego sería llevada a las artes como el ideal clásico griego, un idea que claramente tenía su contraparte: el otro.
Unos y otros frente a la religión
Hay otro factor muy influyente en las civilizaciones que estamos abordando en este texto. Hablemos de la religión y cómo la concebían, por ejemplo, los romanos. Desde los inicios de su expansión este Imperio fue un crisol de cultos diversos. La integración de deidades extranjeras y su asimilación a las divinidades romanas era una práctica común, tanto así que muchos de sus dioses tenían orígenes etruscos, griegos, o griegos asimilados de los egipcios.
El sincretismo religioso no solo enriqueció el panteón romano, sino que también reflejó la flexibilidad y adaptabilidad cultural del Imperio. Fue impulsada tanto por la política de integración del Imperio Romano como por la interacción constante entre pueblos de diversas tradiciones.
Este fenómeno no solo facilitaba la administración y cohesión social dentro de sus vastas fronteras, sino que también promovía una atmósfera de pluralismo religioso, donde la incorporación y adaptación de dioses extranjeros servían para fortalecer la identidad cultural y espiritual del mundo romano.
Sin embargo, ya entrado el primer siglo esta práctica comenzó a ser vista con recelo y como reclamo de debilidad.
En cambio, los griegos vivieron este sincretismo sin amenazas y más bien con el beneficio de un intercambio cultural y comercial. Cuando deciden subir al Olimpo y asimilar con sus dioses a los dioses egipcios lo hacen porque en el momento histórico la influencia cultural de los pueblos del Nilo es notable y positiva. Por tanto el recibimiento es respetuoso y aceptado.
Me he permitido extraer dos párrafos de cada uno que explican lo antes referido. El primero del libro II de Heródoto, historiador griego nacido en 485 AC:
“Por otra parte, los nombres de casi todos los 50 dioses han venido a Grecia procedentes también de Egipto. Que efectivamente proceden de los bárbaros, constato que así es, merced a mis averiguaciones; y, en ese sentido, creo que han llegado, sobre todo, de Egipto, pues, en realidad, a excepción de Posidón y los 2 Dioscuros —como ya he dicho anteriormente, y de Hera, Hestia, Temis, las Cárites y las Nereidas, los nombres de los demás dioses existen, desde siempre, en el país de los egipcios (y repito lo que dicen los propios egipcios)”.
Y el segundo de la obra Asamblea de los Dioses, de Luciano de Samósata, escritor y filósofo sirio del nacido en el 125 DC:
“Aunque todo esto son cosas sin importancia, dioses. Pero tú, cara de perro, egipcio vestido de lino, ¿quién eres, buen hombre, o cómo pretendes ser un dios con tus ladridos? ¿O con qué pretensión es adorado este toro moteado de Menfis, da oráculos y tiene profetas? Porque me da vergüenza hablar de los ibis, los monos y otras criaturas mucho más ridículas que se nos han metido, no sé cómo en el cielo procedentes de Egipto. ¿Cómo podéis aguantar, dioses, el ver que se les rinde culto tanto o más que a vosotros? O tú, Zeus, ¿cómo lo llevas cuando te ponen cuernos de carnero?”
La perspectiva es totalmente diferente, pero ¿cómo podemos explicarlo?
Una de griegos y otra de romanos
Es importante recordar que ambos textos, el de Heródoto y el de Luciano de Samósata, corresponden a dos momentos históricos distintos. El primero se origina en el marco de los Estados griegos y su época de oro, por eso se aprecia un acercamiento más respetuoso al origen de los Dioses; mientras que el segundo tiene lugar en un momento de crisis de creencias y fe dentro del Imperio Romano y a ello debe corresponder esa mirada crítica y satírica que más que una exposición descarnada de los dioses paganos (entre ellos los egipcios o los que heredaron de ellos) es en realidad un llamado de atención frente a la amenaza “del otro”.
Samósata, a través de la personificación de Momo (dios de la sátira), realiza una crítica mordaz hacia la introducción y proliferación desproporcionada de deidades extranjeras en el ámbito grecorromano, y censura la expansión de cultos y religiones mistéricas orientales en Roma y el resto del Imperio Romano durante esta época.
El ambiente religioso y cultural de la época promovía un sincretismo desenfrenado, en el cual múltiples tradiciones religiosas coexistían e incluso se fusionaron, reflejando un mosaico de creencias y prácticas espirituales que competían por la adhesión de los fieles.
El texto de Samósata en realidad es un llamado de alerta, pues el sincretismo hacía mella y debilitaba la “cultura romana” frente al crecimiento del cristianismo, una religión bajo un solo dios.
Entendemos entonces que el escenario de Heródoto para nada se parece al de Samósata, pues en el primer texto el acercamiento es descriptivo e histórico, mientras que el segundo tiene una clara intención política frente a una amenaza consciente y real.
Finalmente lo que exige Luciano de Samósata en su obra es orden. Ya para tal fin los dioses convocados en la Asamblea acuerdan bajo el mandato de Zeus convocar al pueblo y a los dioses a una asamblea en el Olimpo para hacer una limpieza del Olimpo y que “después de la oportuna investigación los declaren dioses o los envíen a las tumbas y sepulturas de sus antepasados. Y si alguno de ellos resulta convicto de haber sido reprobado una vez por los jueces y haber regresado al cielo, éste sea lanzado al Tártaro”.
Este llamado al orden a través de la purga y el establecimiento de un status quo, no es nuevo para la época, ni lo será luego a través del tiempo. ¿Es un llamado reaccionario? Sí. Pero hoy mismo imperan los mismos motivos y, lamentablemente, las mismas soluciones.
¿Quién tiene la culpa de este desorden?
Una de las partes más interesantes del diálogo entre Momo y Zeus, es cuando el primero le denuncia como el autor del desastre que está ocurriendo en el Olimpo. De un modo frontal, Momo le recrimina:
“Porque fuiste tú, Zeus, quien originó tales infracciones y fuiste la causa de que se bastardeara nuestro cuerpo político cuando ligaste con las mortales y bajaste a visitarlas cada vez en una forma distinta, hasta el punto de que nosotros temíamos que alguien te cogiera y te sacrificara cuando eras un toro o que algún orífice te trabajara cuando eras oro y te nos convirtieras de Zeus en collar, brazalete o pendientes. Lo cierto es que nos has llenado el cielo de estos semidioses”.
Si tomamos en cuenta que estos mitos sobre los dioses fueron creados por el hombre, entonces es el hombre el culpable de mancillar su propia creación, de ajustarla a su pensamiento, intereses y necesidades del momento.
Y ahora, es el hombre quien debe resolver el problema real. Porque aunque para el momento de la publicación de la Asamblea de los Dioses el Imperio Romano era potente en su organización económica y política, ya Samósata podía atisbar que su gran tamaño y la confluencia de muchos pueblos con una amplísima variedad de cultos era una amenaza latente para el orden conocido.
Y tenía razón, frente a la variedad de cultos con dioses propios, ajenos o asimilados, apenas dos siglos después se impondría la fe cristiana, con un dios único y una promesa especialmente atractiva para las clases más humildes del Imperio Romano, una esperanza más tangible que la proporcionada por los dioses antiguos: el perdón de sus pecados y la resurrección.
En realidad, era previsible, los dioses propios, ajenos o asimilados, cuyas acciones y temperamentos descritos en los mitos tradicionales no siempre representaban ideales morales a seguir, contrastaba significativamente con el mensaje cristiano de compasión, redención y justicia divina.
La alteridad en sus distintas fases
Al final, lo que podemos entender es que frente a la amenaza, en tiempos de crisis o de definición, la visión del otro toma unas dimensiones menos afables, y que es entonces cuando las diferencias son usadas para favorecer el escenario político, social, cultural, religioso o económico de un pueblo, o de un sector del mismo, en detrimento de otro.
Y no solo pasó con los romanos, bien destaca Sierra Martín que al final de la época clásica “cuando las ideas médicas habían calado todavía más en el ideario griego”, personajes como Aristóteles defendieron que los bárbaros, al igual que las mujeres, tendían a la esclavitud por naturaleza. “Este podría ser el sentir general de finales de época clásica según vemos también en la tragedia, especialmente en Eurípides: Es normal que los griegos dominen a los bárbaros, pero no, madre, que los bárbaros manden a los griegos”.
Así, ni los griegos ni los romanos estaban para ser mandados por “los otros”. Estaban para mandar, más cuando la amenaza se hacía evidente. Y si de orar se trata, lo haremos a nuestros dioses.
¿Igual que ahora, no?
Bibliografía
C. Sierra Martín, "Diferentes pueblos, diferentes cuerpos: algunos ejemplos en las fuentes históricas", Habis 43 (2012), pp. 47-62
Heródoto, Historias, Libro II, pp. 339
Luciano de Samósata, La asamblea de los dioses
